Lecciones del Mundial 2026 (I): recordar el pasado para vivir el presente acompañado y afrontar el futuro.


Un mundial de fútbol no es cualquier cosa. Es, valga la redundancia, un fenómeno mundial. Si alguien lo niega, es un ciego, por mucho que odie el deporte o su mercantilización excesiva.
Al respecto, una brillante reflexión: 

"Si se hojean los periódicos y se escuchan los programas de radio, se comprobará rápidamente que hay un tema dominante: el fútbol y el campeonato de fútbol. Este deporte se ha convertido en un acontecimiento universal que une a los hombres de todo el orbe, por encima de fronteras nacionales, en un mismo estado de ánimo, en idénticas esperanzas, miedos, pasiones y alegrías. Todo ello pone de manifiesto que se debe estar tocando algo originariamente humano. De ahí que surja naturalmente la pregunta acerca de dónde reside el poder de este juego. El pesimista dirá que es la misma situación de la antigua Roma: panem et circensenses (pan y circo). Ahora bien, incluso si se aceptara esta interpretación, debería hacerse una nueva pregunta: ¿a qué se debe la fascinación de este juego, que se pone, con idéntica importancia, al lado del pan? Con la mirada puesta nuevamente en la antigua Roma, se podría responder a este interrogante diciendo que el grito reclamando pan y juego fue propiamente la expresión del anhelo de la vida paradisíaca. En este sentido, el juego sería, pues, una especie de vuelta al hogar en el paraíso: huir del rigor esclavizador de lo cotidiano. Ahora bien, el juego tiene, sobre todo en los niños, un carácter distinto: es ejercicio para la vida. A mi juicio, la fascinación del fútbol consiste esencialmente en unir de modo convincente los dos aspectos referidos. El fútbol obliga al hombre ante todo a disciplinarse a sí mismo. También le enseña a colaborar con los demás y, por último, a enfrentarse con ellos limpiamente. Al contemplarlo, los hombres se identifican con el juego, participando de ese modo en la colaboración y la pugna referidas. La seriedad sombría del dinero y del espíritu mercantil pueden, naturalmente, echarlo todo a perder. Al pensar detenidamente en estas cosas, tal vez sea posible aprender nuevamente a vivir a partir del juego: la libertad del hombre se nutre de reglas y de disciplina. El fenómeno de un mundo que vibra con el juego podría darnos más que entretenimiento. Si fuéramos al fondo, el juego podría proporcionarnos una forma de vida."
 
 En efecto, es el famoso texto de Joseph Cardinal Ratzinger —futuro y ya difunto Benedicto XVI—, entresacado de Cooperadores de la verdad. Una reflexión para cada día, en el día 17 de agosto. Lo publicaron en Deutsche Tagespost.
 
Es un deporte, y se une su dimensión mundial. Por lo primero solo, ya podemos dedicarle reflexiones. El actual Papa, León XIV, le ha dedicado una carta de título sugerente hace nada: La vida en abundancia. Vale la pena leerla. (Por cierto que, en su reciente viaje a España, dejó una perla tremenda sobre este deporte: 
"Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás, todavía no ha entendido la vida".)

Pasando ahora a mis sencillos comentarios, la primera cosa que me venía a la cabeza es que han pasado ya 12 años desde que decidí sacar algún tipo de punta a un Mundial. Ahí van, para el que quiera. El tiempo vuela. 

La segunda es que los jugadores y las marcas han mejorado sus relaciones en estos años: cada una tiene sus detallitos con sus patrocinados. He añadido en la foto las botas de Messi
Vamos a decir algunas cosas, breves, sobre la personalización de las botas, porque el tema lo merece. 

Que algunos jugadores se personalicen las botas tiene su importancia: son sus más preciadas herramientas de trabajo, si dejamos de lado las camisetas (que ya so nominales hace tiempo). Eso es algo que solo los seres humanos hacemos: no solo las decoramos, sino que las hacemos nuestras con algo que las relaciona con nosotros. Son nuestras de modo inmaterial, además de la propiedad física.  Nos encanta tener, porque somos tenedores, como decía aquel filósofo.

Messi, y no solo él, se acuerda de poner a su familia y las fechas de nacimiento: a su mujer y sus tres hijos. En la foto aparecen solo dos, pero es que usa dos botas, el bueno de Messi. (Algunos dicen que con la zurda le basta y le sobra). Es su último mundial y no quiere vivirlo solo: siempre con sus hijos, que le llevarán al futuro y lo verán cuando él ya no esté. Glups. (La selección de Portugal llevará una pulserilla como recuerdo de un jugador fallecido, Diogo Jota.

Otros jugadores también han puesto cosas del estilo: Pedri, por ejemplo, ha elegido escribir FAMILIA, y dibujarse un emoticono de un plátano, muy típico de Canarias, de donde sale este genio del balón. Tiene su gracia y su cosa de fondo que esos hombres recuerden a los seres que más quieren no solo cuando meten goles decisivos, sino escribiendo sus nombres en el medio que usarán para hacernos felices. La familia, mi lugar de origen y, tantas veces, el mayor potenciador de las capacidades de uno. Mi pasado que nunca dejará de ser presente. 

Raphinha, el buen culer, ha escogido dos palabras muy cargadas también de significado: trabajo y gratitud. Es decir, cómo he llegado aquí, y qué siento. Nada es gratis, pero todo es gratis. Un combinado bien humano que demuestra que, además de correr como el que más y chutar mejor que corre, tiene un cerebro muy avispado y un gran carácter. Bravo por él. Nos recuerda que el trabajo es algo más que cosa técnica o exterior. El trabajo me desarrolla y sirve a los demás. El trabajo me cansa, pero me mejora. 

Seguiremos. 

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