Una piedra, las ovejas y los peces

Cefas, piedra, Petrus, Pedro. Así llamó Jesús a Simón, hijo de Juan, el primer papa. Y le confirió una misión total, que tenía que ver con la tierra, el mar y el cielo. Se trataba de llevar a las ovejas y a los peces al cielo. Y llevamos en ello unos 2000 años.
"La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo". Eso dijo Benedicto XVI en la homilía que pronunció el 24 de abril de 2005, día en que empezaba solemnemente su ministerio. Hoy, séptimo aniversario de su elección como papa, recomiendo leerla:


Como siempre, para quienes quieran, ahí va toda:


SANTA MISA IMPOSICIÓN DEL PALIO Y ENTREGA DEL ANILLO DEL PESCADOR EN EL SOLEMNE INICIO DEL MINISTERIO PETRINO DEL OBISPO DE ROMA HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Plaza de San Pedro
Domingo 24 de abril de 2005


Señor Cardenales,
venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
distinguidas Autoridades y Miembros del Cuerpo diplomático,
queridos Hermanos y Hermanas

Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto
de las letanías de los santos: durante los funerales de nuestro Santo
Padre Juan Pablo II; con ocasión de la entrada de los Cardenales en
Cónclave, y también hoy, cuando las hemos cantado de nuevo con la
invocación: Tu illum adiuva, asiste al nuevo sucesor de San Pedro. He
oído este canto orante cada vez de un modo completamente singular,
como un gran consuelo. ¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el
fallecimiento de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 años ha sido
nuestro pastor y guía en el camino a través de nuestros tiempos. Él
cruzó el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios.
Pero no dio este paso en solitario. Quien cree, nunca está solo; no lo
está en la vida ni tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos
podido invocar a los santos de todos los siglos, sus amigos, sus
hermanos en la fe, sabiendo que serían el cortejo viviente que lo
acompañaría en el más allá, hasta la gloria de Dios. Nosotros sabíamos
que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está entre los
suyos y se encuentra realmente en su casa. Hemos sido consolados de
nuevo realizando la solemne entrada en cónclave para elegir al que
Dios había escogido. ¿Cómo podíamos reconocer su nombre? ¿Cómo 115
Obispos, procedentes de todas las culturas y países, podían encontrar
a quien Dios quería otorgar la misión de atar y desatar? Una vez más,
lo sabíamos; sabíamos que no estamos solos, que estamos rodeados,
guiados y conducidos por los amigos de Dios. Y ahora, en este momento,
yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que
supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo
seré capaz de llevarlo a cabo? Todo vosotros, queridos amigos, acabáis
de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por
algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los
hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no
estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca
podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me
protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos,
vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En
efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes
figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros
somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del
don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere
transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está
viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente
en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha
manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia
está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del
mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia
el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la
alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está
viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado
verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre
en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de
Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días
también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado.
Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de
un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección.
La Iglesia está viva: de este modo saludo con gran gozo y gratitud a
todos vosotros que estáis aquí reunidos, venerables Hermanos
Cardenales y Obispos, queridos sacerdotes, diáconos, agentes de
pastoral y catequistas. Os saludo a vosotros, religiosos y religiosas,
testigos de la presencia transfigurante de Dios. Os saludo a vosotros,
fieles laicos, inmersos en el gran campo de la construcción del Reino
de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestación de la
vida. El saludo se llena de afecto al dirigirlo también a todos los
que, renacidos en el sacramento del Bautismo, aún no están en plena
comunión con nosotros; y a vosotros, hermanos del pueblo hebreo, al
que estamos estrechamente unidos por un gran patrimonio espiritual
común, que hunde sus raíces en las irrevocables promesas de Dios.
Pienso, en fin –casi como una onda que se expande– en todos los
hombres de nuestro tiempo, creyente y no creyentes.
¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de
gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, la he podido
exponer ya en mi mensaje del miércoles, 20 de abril; no faltarán otras
ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer
mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con
toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor
y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca
a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. En lugar de exponer un
programa, desearía más bien intentar comentar simplemente los dos
signos con los que se representa litúrgicamente el inicio del
Ministerio petrino; por lo demás, ambos signos reflejan también
exactamente lo que se ha proclamado en las lecturas de hoy.
El primer signo es el palio, tejido de lana pura, que se me pone sobre
los hombros. Este signo antiquísimo, que los Obispos de Roma llevan
desde el siglo IV, puede ser considerado como una imagen del yugo de
Cristo, que el Obispo de esta ciudad, el Siervo de los Siervos de
Dios, toma sobre sus hombros. El yugo de Dios es la voluntad de Dios
que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un peso exterior, que nos
oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer
cuál es la vía de la vida, era la alegría de Israel, su gran
privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios, en
vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica –quizás a
veces de manera dolorosa– y nos hace volver de este modo a nosotros
mismos. Y así, no servimos solamente Él, sino también a la salvación
de todo el mundo, de toda la historia. En realidad, el simbolismo del
Palio es más concreto aún: la lana de cordero representa la oveja
perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para
conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja perdida,
que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia
una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad –todos
nosotros– es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede
encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no
puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en
pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir
tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con
nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen
pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica
primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo
tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte así en el
símbolo de la misión del pastor del que hablan la segunda lectura y el
Evangelio de hoy. La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor:
no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto.
Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el
desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la
soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la
oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia
de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se
multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos
interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio
del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino
subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en
su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como
Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar
de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos
da la vida, y la vida en plenitud. El símbolo del cordero tiene
todavía otro aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los
reyes se llamaran a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de
su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas
de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el
pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo
cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son
pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el
verdadero pastor: "Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las
ovejas", dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que
redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor.
¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que
actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las
ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de
lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad.
Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos
necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice
que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.
El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la
impaciencia de los hombres.
Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a
los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo
servicio está. "Apacienta mis ovejas", dice Cristo a Pedro, y también
a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere
decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el
verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la
palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el
Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo
decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor.
Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a
vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal
como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante
los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos
lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros.
El segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo
del Ministerio petrino es la entrega del anillo del pescador. La
llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene
después de la narración de una pesca abundante; después de una noche
en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en la
orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez, y
he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla;
había 153 peces grandes y, "aunque eran tantos, no se rompió la red"
(Jn 21, 11). Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus
discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los
discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces
Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se
llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: "Maestro, por tu
palabra echaré las redes". Se le confió entonces la misión: "No temas,
desde ahora serás pescador de hombres" (Lc 5, 1.11). También hoy se
dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren
en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los
hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida
verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy
particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para
vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su
elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la
misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres
vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la
muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos
rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz
de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de
pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los
hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la
tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros
existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a
Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al
Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y
sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un
pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es
amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido
alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello
que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del
pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero
es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría,
a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.
Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del
pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita la
llamad a la unidad. "Tengo , además, otras ovejas que no son de este
redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá
un solo rebaño, un solo Pastor" (Jn 10, 16), dice Jesús al final del
discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina
con la gozosa constatación: "Y aunque eran tantos, no se rompió la
red" (Jn 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto,
quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes!
Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible
para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos
memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor,
acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una
sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser
servidores de la unidad!
En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el
Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro.
Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de
entonces: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las
puertas a Cristo!" El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del
mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de
su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la
libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el
dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la
arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a
la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una
sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre
todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si
dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos
totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra
vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que
hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego
en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa
quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada
–absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande.
¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con
esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la
condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello
y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran
convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal,
decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo!
Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por
uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y
encontraréis la verdadera vida. Amén.

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