Visual (Una imagen ¿vale más que mil palabras?)

 “Visual” puede tomarse a la vez como palabra inglesa y española, así que no necesita traducción. 
Quizás más que nunca, nos hallamos inmersos en la era de la imagen. Es el requisito comunicativo por excelencia: que sea audiovisual. 
Ciertamente, como reacción, algunos proponen la vuelta a lo oral, sin más instrumento que las manos y la palabra. Pero son minoría. Lo muestra el gran auge de las infografías, de las pantallas cuya resolución aumenta vertiginosamente, el desencanto y hartazgo de lo escrito (“mucho texto, pon fotos”), y demás.

Hemos de estudiar esta manera de ver lo visual en dos de los campos más importantes: el trabajo y el amor, en todos sus tipos. Usaremos como ejemplo estos dos campos en el estudio de todos los valores que forman el venenum

Para analizar el campo del trabajo, volvamos nuevo a una de las frases más socorridas en comunicación: 
“Una imagen vale más que mil palabras”
No hace falta recurrir a Platón, para darse cuenta de que imagen, imaginación y conocimiento van unidos Pero tampoco es necesario ser investigador para descubrir que, si se margina todo lo que no sea visual, queda fuera de juego factores de capital importancia en el crecimiento humano. Por ejemplo, la abstracción: ese proceso mental (no imaginativo) que consiste, precisamente, en despojar el material que recibimos de los sentidos de lo meramente sensible, dejando lo puramente conceptual o no físico: lo metafísico.
Los hombres razonamos con conceptos. 
Pensamos con ideas, no con imágenes, aunque las imágenes ayuden, como buenas copilotos. Hay cosas que la imaginación no puede dominar. Por ejemplo: la inteligencia, y todos los conceptos metafísicos (la verdad, el bien, etc…). Por eso, es en cierto sentido muy grave y una gran pérdida dejarlo todo en manos de las imágenes, y de la imaginación. La educación, que gana en muchos aspectos, pierde también bastante en otros campos. La denuncia de los problemas de lectoescriptura y abstracción comienza a ser un tópico educativo.

El hombre es el animal que se mueve por el mundo con su inteligencia, y no sólo con su fuerza bruta, que
es poca; ni sólo con sus sentidos, que son muy deficientes si se les compara con los de los animales.
Reducir al hombre a lo visual le empequeñece demasiado. No todo lo bueno es visual, ni sólo lo visual
es buen método para hacer aprender a los chicos.


En cuanto al amor, a las relaciones interpersonales, está claro que la excesiva preponderancia concedida a lo visual está afectándonos. Si se trata al hombre y a la mujer como si sólo lo visual importara –y eso parece estar sucediendo–, ¿qué pasa cuando la belleza física, la visible, se ha esfumado? Suceden dos cosas: que luchamos como tigres para que no se vaya, y que no podemos sufrir que se vaya y nos deprimimos. El síndrome de Peter Pan tiene mucho que ver al respecto.

Es un problema altamente humano y, por tanto, clásico. Ahí está el carpe diem: aprovecha la juventud. Y es ese carpe diem el que hay que saber educar. Conviene hacer ver a los chicos que no es oro todo lo que luce. Y que, en otro sentido, hay cosas que no lucen y son muy valiosas. Y que las chicas y los chicos son mucho más que sus cuerpos, que su parte visible. 
En este sentido, es muy importante que en las familias no sólo se vea, sino que se hable y se escuche.
Es decir, que los padres y los hijos enseñen y aprendan a escucharse. Es el primer paso para enseñar a pensar. Para lograrlo, hacen falta momentos de desconexión del mundo virtual (lo visual y auditivo): las comidas, las sobremesas, los viajes en coche, etc. Dependerá de cada familia la concreción de esos momentos.
Me contaron de una abuela de armas tomar. Harta de que sus nietos “se comunicaran a todas horas con gente lejana, o al menos no con los que tenían a su lado”, puso en la entrada de su casa una bandeja de mimbre con un letrero más que explícito: “los teléfonos, aquí”. “Es mi casa, y hago lo que quiero”, le explicaba a quien me lo contó. Es una manera de actuar cuyos fines entran por los ojos: los chicos, lógicamente, acabaron hablando entre sí en las comidas. Ni que fuera de su abuela, y mal.

Dicen los expertos que hoy día vuelve a estar de moda más que nunca el método socrático: el diálogo como método para que el que no sabía, saque de sí mismo la verdad que sí llevaba dentro, todavía sin desarrollar y sin ser consciente. No hace falta tener mucha experiencia pedagógica para recordar muchos casos en que los alumnos se sorprenden diciéndole a uno: “pues nunca había pensado en eso”, o “lo sabía, pero no lo había dicho nunca”, o “no sabía cómo decirlo, y no lo había entendido”.

Como concreción útil, podemos señalar ésta, que recupera el modo de actuar de la vacuna con el veneno: estimular a los chicos a hablar de lo que, como padres maduros, sabemos que está bien o mal cuando se presente la ocasión. Por ejemplo, ante un anuncio obsceno, o desagradable; ante unas palabras, ante un fenómeno social, etc. Y la mejor manera de estimular es, tal vez, preguntar, o actuar: apagar la tele.
Y otra: no comprarles toda la ropa que pidan. Por una sencilla razón: si valoran demasiado la ropa, es que tal vez han puesto sus esperanzas en lo que la gente ve de ellos. Se compra lo que haga falta, por supuesto. Pero no hace falta ir a la moda. Literalmente: no hace falta. Ahí está el quid. Cuando a uno le hace falta, algo falla.

(A la legua se ve que todo lo anterior es un fragmento de un libro. Aquí está. Ojalá lo compres, si te ha interesado.)

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