¡Ya basta de viejóvenes! (¿Cómo volver a tener jóvenes?) [post largo de verdad]

Dedicado a los exviejóvenes. Ellos saben quiénes son.



Viejoven
Menudo neologismo se ha sacado no sé quién de la manga. Utilísimo. Quizás algún lector despistado no haya escuchado todavía esa expresión. Lo cierto es que no está en el diccionario. Pero campea por la sociedad. (Sin ir más lejos, El País la usaba el día 12 de agosto —no sé cuándo acabaré de escribir esto— para referirse a Jude Bellingham, la perla madridista en quien algunos hemos puesto mucha confianza: es el mediapunta viejoven. Un tipo muy maduro para su edad. Para que sea un viejoven conviene añadir un matiz: demasiado. Dicho de otro modo: maduro prematuramente. Y hay que reconocer que tiene su aquel usar esa expresión. ¡Maduro antes de madurar!

Vamos a ir por partes, que esta entrada se las trae: hace un año que le vamos dando vueltas a esto. 
Para empezar, hay varios significados de la palabra. La ya apuntada arriba es una de ellas. Pero no es la que vamos a usar aquí principalmente. 
¿Cómo saber si estás ante un viejoven? El viejoven es aquel joven que actúa desde su cuerpo esbelto y hasta excesiva y artificialmente musculado pero tiene modos de anciano. Sus palabras favoritas son, lamentablemente, quejas y previsiones. 
Ante un planteamiento que buscar retarles, miran con medio pena e inician sus frases desde el lamentable espíritu viejuno que se ha apoderado de ellos: 
"poco a poco", "ya, pero", "sí, pero", "es muy difícil", "no es tan fácil". 
O similares. 
¿Por qué es así? ¿Porque tienen experiencia? Mejor —peor— aún: porque, en su corta experiencia vital, no han tenido quien les retara y quien esperara desde un banco, mirándoles con cariño y confianza y fuerza, a que se levantaran otra vez al grito de "así es la vida" o "esfuérzate, campeón" o "dale, dale" o "hasta el final". Así —solo así— aprende uno que la vida vale la pena, porque hay pena, pero no es lo único que hay.
Conclusión primera: los viejóvenes lo son en gran parte por culpa de unos adultos defectuosos en su único papel fundamental, que es dar esperanza a los jóvenes. Sembrar futuro (como dice en una clara contradicción, el mechero de la foto que añado, que se suele usar para fumar y acortar el futuro). Dar ánimos reales. Retarles. Y no solo —ojo con quitar el "solo"— compadecerles ante lo defectuoso del mundo y lo difícil que está la vida. Nos hemos pasado de paternalistas... y hemos olvidado cómo ser padres. (Me incluyo como recurso estilístico únicamente).

Vamos ahora al análisis de los que saben, y a sus soluciones. 

¿Qué dice Romano Guardini en Las etapas de la vida, un libro más que recomendable? En breve añadiremos unas suculentas citas. Antes, quisiera explicar los motivos por los que ese breve libro empieza a ser un imprescindible. 
Primero, porque explica que, a pesar de lo que creen los jóvenes, la vida no se divide en "joven" y "viejo". Hoy nadie parece querer abandonar la amada juventud. Peter Pan se ha instalado en nuestra cultura. Pero él habla de la vida en el seno materno, el nacimiento, la infancia, la crisis de la maduración, la juventud, la crisis de la experiencia, la mayoría de edad, la crisis de la experiencia de los límites, la persona que ha aprendido de la experiencia, la crisis de la dejación, el hombre sabio, la entrada en la ancianidad y la persona senil. Quien quiera saber más, que lea el libro, que vale mucho la pena. 
Y, segundo, porque lo que dice ayuda a vivir desde la experiencia: explica con sencillez no exenta de profundidad qué ocurre en cada etapa.
Y ahora, lo prometido es deuda. Aquí van las citas de Guardini que expresan bien por qué un viejoven es un error de fondo:
Tener «experiencia» no significa saber qué frecuentemente fracasa el bien y cuánto de mal hay en el mundo, sino saber eso de la manera correcta y ponerlo en la relación adecuada con la naturaleza del hombre, con el todo del suceder histórico y social y, especialmente, con los elementos, que tan activos son, del término medio y de lo cotidiano. Nada de esto se da todavía en el joven, o de lo contrario no es un joven, sino un viejo prematuro. Esto último es perfectamente posible, por desgracia, y quizá sea más frecuente hoy que antes. Pero no tenemos por qué convertir a ese fenómeno en un criterio de enjuiciamiento o hacer literatura con él: se trata de una desgracia a la que, cuando se produzca, habremos de dar el tratamiento adecuado, sin por ello amargarles a las demás personas su forma de vida  (Romano Guardini. Las etapas de la vida)
Si no añadiéramos aquí la parte positiva —qué es, entonces, un joven— estas líneas quedarían cojas:
El carácter básico de esta nueva forma de vida está determinado, si mucho no me equivoco, por dos elementos. Uno positivo: la fuerza ascendente de la personalidad que se autoafirma y de la vitalidad que todo lo penetra; uno negativo: la falta de experiencia de la realidad. De ahí se siguen también la sensación de que el mundo está indefinidamente abierto y de que las fuerzas son ilimitadas, la esperanza de que la vida nos colmará de dones sin cuento y la confianza en que uno mismo hará cosas grandes. Se trata de una actitud orientada hacia lo infinito, hacia lo infinito del comienzo todavía no puesto a prueba. Tiene el carácter de lo incondicionado, de esa pureza que consiste en el rechazo de todo compromiso, de la convicción de que las ideas verdaderas y las actitudes interiores correctas son aptas sin más para cambiar y dar forma a la realidad. De ahí procede también la inclinación al cortocircuito en juicios y acciones. Y todo ello con tanta más virulencia cuanto más inseguro es todavía el ser personal. Pero al mismo tiempo, como ya dijimos y como no podía ser de otro modo, falta la experiencia de la realidad. Falta el conocimiento de la concatenación real de las cosas, el criterio para distinguir lo que uno mismo puede hacer, lo que les es posible hacer a los demás y lo que le es dado hacer al hombre como tal. Falta el saber acerca de la enorme tenacidad del ser y de la resistencia que opone a la voluntad. De esta manera, es muy grande el peligro de engañarse, de confundir lo incondicionado de la actitud interior con la fuerza para ponerla por obra, la grandeza de la idea con las respectivas posibilidades prácticas. Falta una actitud poco «interesante», pero básica para obtener cualquier cosa: la paciencia.
Es muy realista, por es tremendamente bueno, el final del texto. El joven no tiene paciencia. En el adquirirla está el camino que le llevará a ser adulto. Paciencia, de padecer con esperanza. No padecer en vano, sino hasta llegar al fin arduo y valioso no conseguido a la primera, pero visto como algo esperable, conseguible en el futuro. 

Vayamos ahora a las soluciones, que saltan a la vista. ¿Cómo conseguir exviejóvenes? Se trata de retarles, darles esperanzas de futuro reales y acompañarles. 


1. Retarles
Qué buen título (y mejor contenido) el de este vídeo de Viktor Frankl: los jóvenes necesitan retos. Y nadie les reta ya. Les tratan como tontos. Como sujetos comprantes. Como portantes de tarjetas de crédito o paypal. Como consumidores puros. O impuros. Como seres manipulables. 
Conviene ver el vídeo varias veces. Y, una vez analizado el contenido (no solo consumido), quedarse además con el modo en que lo expresa. Es Viktor Frankl un excelente comunicador: cree a pie juntillas en lo que dice. Su nivel de asentimiento crece a medida que habla: convencería a una piedra. 


2. Darles esperanzas de futuro reales y acompañarles. 
Es injusto que una generación sea comprometida por la precedente. Hay que encontrar un modo de preservar a las venideras de la avaricia o inhabilidad de las presentes.
Así lo decía Napoleón
Y no es el único. De muchos modos se ha hablado de la importancia del futuro y de la esperanza, y de la unión real entre estos dos conceptos. Citaremos a autores variopintos, llenos de sabiduría cada cual a su manera.
Dice el Talmud, el libro que contiene la recopilación de la tradición oral judía acerca de la religión y las leyes:
El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela.
Por eso mismo es criminal lo que en algunos colegios se hace. Cualquiera, visto esto, sabe que los niños son los primeros a quienes debemos dar esperanza y futuro, y no solo advertirles de lo que les viene —y ni siquiera necesariamente— encima, como ya hemos dicho. 
Los retos y las esperanzas reales tienen que ver con el mundo real, donde algunas cosas son como son a pesar de que no me gusten. C. S Lewis explica en dos simples líneas el error que algunos han cometido:
Hemos preparado a los hombres para pensar en el futuro como una tierra prometida que alcanzan los héroes, no como lo que cualquiera alcanza a un ritmo de sesenta minutos por hora, haga lo que haga. 
Otros artistas y filósofos afinan igual de bien. Citemos a cuatro más: 
Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado. (Miguel de Unamuno)

El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que era. (Paul Valéry

El futuro está abierto […] todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor. (Karl Popper)

Un hombre desprovisto de esperanza y consciente de ser así ha dejado de pertenecer al futuro. (Albert Camus)
Quizás alguno se sorprenda por el siguiente autor citado. A estas altura de la vida, no debería. Se trata de Benedicto XVI, ese sabio que nos abandonó hace poco. Escribió una encíclica titulada Spe Salvi: en esperanza fuimos salvados, que así empeiza, citando una carta de San Pablo a los habitantes de Roma... y a nosotros, si queremos leerle.  Voy a dedicarle a esa encíclica cuatro largas citas. Imperdibles. 

En el mismo sentido les dice (San Pablo) a los Tesalonicenses: «No os aflijáis como los hombres sin esperanza » (1 Ts 4,13). En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo « informativo », sino « performativo ». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.  (Spe Salvi, 2)
Una vida sin esperanza es una muerte en vida. Por eso mucho joven vive como un zombie. Tendidos al fin de semana como solución a su non-sense semanal y vital.
No se trata, sin embargo, como se dice a veces criticando el cristianismo, de poner toda la esperanza en el futuro. Es lo no es lo que dice el catolicismo. Vivimos aquí.
La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una « prueba » de lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro « todavía-no ». El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras. (Spe Salvi, 7)
De hecho, añade Benedicto XVI más adelante, la esperanza no solo está en el católico, sino en todo ser que actúa, en toda persona. Qué fácil es dejarse caer si no hay por qué moverse. El reverso positivo está hecho: dar algo por lo que luchar. 
35. Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, más grandes o más pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro. Pero el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica.  (Spe Salvi, 35)
¿Y las pegas? ¿Y el sufrimiento? Porque esta postura de "tira pa'alante" parece poco realista. En el mundo hay mal. 
Sin duda. Y no podemos olvidarnos de él sin más. Aquí no hemos dicho eso, sino algo muy diferente: que no podemos centrarnos solamente en lo catstrófico. Eso ahoga la esperanza. Lo mismo dice el catolicismo: 
Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.  (Spe Salvi, 37)
3. Acompañar:
Todo esto es precioso: retar y dar esperanzas de futuro reales. 
Pero han de ser creíbles: dadas desde una vida experimentada. ¿Qué va a exigir quien nunca ha salido de su mansión de oro? La unión intergeneracional es muy urgente en ese mismo sentido: los abuelos tienen ese papel, casi más que los padres. Por eso, por cierto, el Papa lo aconseja habitualmente, como dijo otra vez en la rueda de presna que tuvo en el avión que le trajo de vuelta de las recientes JMJ. Aquí, el vídeo.

¿Y quién debe acompañar? Los padres, en primer lugar. Y los abuelos, si están ahí. Y los profesores, y los demás educadores. Y ojalá, todo lo demás: las series, las películas, la música y todo lo que se mueve en internet. Ojalá los así llamados influencers lo fueran más allá de sus dineros y clicks y likes. 

¿Y cómo se acompaña? Estando (muchas modalidades hay aquí). Y escuchando. Y hablando. Y corrigiendo: con la vida y con la palabra y las obras. 


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