Algunos ilustradores son muy inteligentes. Los buenos. Riki Blanco lo es. Me llamó la atención su pequeña ilustración —grandiosa en otro sentido—, publicada hace unos días en El País.
Es un dibujo alarmante. De un tiempo a esta parte, oigo más que es enfermedad de los jóvenes de ahora lo que enuncia. Quieren ser libres pero sin decidir. Quieren algo así como una libertad virgen, indeterminada: el mero poder elegir. Ni siquiera importa ya, como creerá alguno, entre cuantas opciones. Lo que sí tiene importancia y valor es el hecho de elegir. Lo único. Que nadie me coaccione. Ni siquiera la libertad misma. O la realidad. Si elijo, estoy perdido: ¡ya no puedo tenerlo todo! Si se entienden así las cosas, se llega a una contradicción.
¿Por qué no quiero tener que tomar decisiones, como señala la ilustración? Tomar decisiones estresa por dos motivos: porque uno ya ha elegido y no es libre igual que antes, y porque uno puede no saber muy bien por dónde cortar. La etimología de decisión procede eso mismo, de lo que se toma cuando se corta algo. Eso es la decisión.
La de elección, se parece, y es lógico que así sea. Se trata de sacar y quedarse con lo que uno ha leído: eso es la elección, tomo de lo leído, me quedo algo de lo que he comprendido. ¿Cuál es el criterio que uso? Ahí está, probablemente, el asunto: en la seguridad de hacerlo bien, de acertar. Queremos la perfección: elegir perfectamente lo perfecto. Lo que mejor nos irá. ¿Es acaso eso malo? No parece. Nuestra tendencia al infinito se muestra ahí también.
¿Cuál es el problema, entonces? (Porque lo hay: toda una generación de jóvenes lo nota)
El problema es que la realidad, que es tozuda como lo más tozudo, nos aguijonea la conciencia y la inteligencia, y no nos deja tranquilos al pensar lo que, simplificando, hemos dicho arriba: "que yo soy quien decido, y que con decidir me basta, ¡faltaría más!". Y es un problema porque nos han enseñado que sí, que las cosas son lo que nosotros decidimos que sean. Es un problema porque, aunque es cierto que la elección la hace el sujeto, la bondad de lo decidido no es obra del sujeto: las cosas son lo que son. Y lo notamos. Y algunas cosas son mejores (más útiles, por ejemplo) que otras. Y lo notamos también. Y, en ese concreto sentido, da bastante igual que las hayas elegido o no. El mero hecho de elegirlas no las hace mejores. Por ejemplo: no es mejor ese jugador porque juegue en tu equipo. Más: no es mejor ese vino porque lo hayas comprado. Son ejemplos sencillos que muestran algo simple.
Pero lo simple se complica si nos metemos en elecciones personales, vitales: éticas, morales. ¿Es bueno hacer lo que hago solo porque yo lo hago? ¿Es bueno elegir —y hacer— ese asesinato solo porque yo lo elijo? ¿Es malo algo solo porque lo hace Pepito? Hay cosas relativas en la moral, sin duda, pero no todas. Así que la cosa se complica si uno piensa y actúa— sin tenerlo en cuenta. Y eso lo sabríamos si pensáramos un poco en nuestra vida.
Pero, si no depende del mero elegir el que mi elección sea buena, ¿de qué depende?
En lenguaje lógico-matemático, diríamos aquello de que tu elección es algo necesario pero no suficiente. Es decir, que está bien que tú decidas, en el sentido sencillo de que no es bueno que te coaccionen, que elijan por ti, o que —de buenas a primeras y sin motivo razonado— no te dejen elegir; pero no es suficiente: no basta con eso. Tu elección debe basarse —¡y eso deseamos todos en lo oculto sin ser apenas conscientes de ello tantas veces!— en el bien, en lo que las cosas son realmente, independientemente de tu elección. Y, por eso, una elección es buena si se adecúa a lo que es mejor.
(Después, la vida es rica. Después, uno va al cine y elige una película, y le sala rana. Y se pasa la película con el móvil, viendo no sé qué. Pero eso tiene fácil arreglo: reconocer que uno elige mal a veces, porque lee mal —recuérdese aquí la etimología, que une elegir la situación.)
La solución teórica de marco a este embrollo es fácil de decir, pero complicada, como complicado es ser hombre. (Con "teórica de marco" quiero decir a "del problema grande", y no "de problemas concretos como si elegir A o B en esta situación").
En primer lugar, los jóvenes necesitan saber cuanto antes cómo son las cosas realmente. Casi nada. En una sociedad relativista como la nuestra, o la que ha habido desde hace unos siglos, es imposible. Es una sociedad, en cambio, donde se tiene en cuenta que hay algunas cosas relativas al ser del hombre en moral (las circunstancias pueden llegar a cambiar el acto moral, por ejemplo), la solución está servida. Con lo que hemos dicho en este breve texto bastaría tal vez para empezar: el sujeto no es el patrón de la realidad.
En segundo y último lugar, conviene recordar a los jóvenes —y menos jóvenes— que no pasa nada —nada malo— porque uno se estrese ante una gran decisión. Hay inquietud (estrés) y consiguiente malestar, porque la importancia lo requiere: hasta ante algo tan tonto como el chute de un penalty nota uno la adrenalina. Normal: la naturaleza —Dios es listísimo— ha hecho que uno llegue preparado para lo que viene. Lo que no se puede hacer, y mucho joven inexperto hace, es pretender que nunca haya malestar, por bueno y preparatorio que sea. "Me da igual", parecen decir, "que este malestar sea momentáneo: ¡no quiero ninguno!". La respuesta, otra vez, es tomar a la misma realidad como guía: después de la tormenta viene la calma. Después de elegir bien, viene la calma.
Así que a elegir lo mejor que se pueda, y a vivir en paz.
(En un análisis más profundo y largo se podría hablar sobre los diversos tipos de libertad, que se compenetran, y veríamos que no todas consisten esencialmente en elegir).
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