Releyendo La Odisea en 2025: Canto XXII (pensar en la propia muerte, el miedo del héroe, la cooperación al mal)
Ha llegado la hora de la gran venganza de Odiseo. En el canto XXII, primero mata de un certero flechazo a Antínoo. Después, revela su verdadera identidad ante los pretendientes de Penélope. Ella, sin embargo, no sabe nada, ni lo sabrá en este canto: sigue dormida arriba, y Homero sabe alargar la acción. Con la ayuda de su hijo Telémaco, y de sus siervos Eumeo y Filetio, cierra las salidas del palacio, aunque no las de la estancia superior donde guardaban las armas. Se desata una violenta lucha en la sala al más puro estilo clásico: en el primer embate, los malos fallan con sus lanzas y los buenos matan; a la segunda, hieren levemente a algunos, pero sin más trascedencia. En resumen: todos los pretendientes son exterminados, a pesar del vergonzoso intento de alguno de ellos. Las sirvientas traidoras, que se acostaban con los pretendientes a escondidas, también son castigadas; lo mismo ocurre con Melantio, que destaca en su doloroso final.
En este penúltimo canto, comentaremos cuatro cosas:
La muerte de Antínoo, inesperada para sí aunque no para el oyente del canto, es lo primero que ocurre. Y el patetismo que logra Homero al narrarla es sublime. La descripción de su muerte es digna de quien busca potenciar con vivas y visuales descripciones y adjetivos la imaginación del que escucha, que eso es lo que ocurría en la versión original. En la era del cine, podemos imaginarla a cámara lenta, paso a paso:
Enderezó la amarga saeta hacia Antínoo. Levantaba éste una bella copa de oro, de doble asa, y teníala ya en las manos para beber el vino, sin que el pensamiento de la muerte embargara su ánimo: ¿quién pensara que entre tantos convidados, un sólo hombre, por valiente que fuera, había de darle tan mala muerte y negro hado? Pues Odiseo, acertándole en la garganta, hirióle con la flecha y la punta asomó por la tierna cerviz. Desplomóse hacia atrás Antínoo, al recibir la herida, cayósele la copa de las manos, y brotó de sus narices un espeso chorro de humana sangre. Seguidamente empujó la mesa, dándole con el pie, y esparció las viandas por el suelo, donde el pan y la carne asada se mancharon. Al verle caído, los pretendientes levantaron un gran tumulto dentro del palacio; dejaron las sillas y, moviéndose por la sala, recorrieron con los ojos las bien labradas paredes; pero no había ni un escudo siquiera, ni una fuerte lanza de qué echar mano. E increparon a Odiseo con airadas voces
Aunque ya lo comentamos en el canto anterior, no quería dejar de subrayar la frase en que Homero explica, como narrador omnisciente, que Antínoo era absolutamente ajeno a su inminente muerte. Un aviso a navegantes como nosotros, lectores. Cualquiera puede ser nuestro último día. El sentir católico vendrá unos siglos más tarde:
"Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras".
Así lo expresaba san Josemaría.
Comentamos en segundo lugar un momento que llama la atención. Melantio, el cabrero infiel a Odiseo, ha podido aprovecharse del descuido de Telémaco y se ha metido en el cuarto donde se guardaban los escudos y lanzas. Los pretendientes son convenientemente armados. Y a Odiseo, nuestro héroe, le entra miedo:
Desfallecieron las rodillas y el corazón de Odiseo cuando les vio coger las armas y blandear las luengas picas; porque era grande el trabajo que se le presentaba. Y al momento dirigió a Telémaco estas aladas palabras:
—¡Telémaco! Alguna de las mujeres del palacio, o Melantio, enciende contra nosotros el funesto combate.Respondióle el prudente Telémaco:—¡Oh, padre! Yo tuve la culpa y no otro alguno, pues dejé sin cerrar la puerta sólidamente encajada del aposento. Su espía ha sido más hábil. Ve tú, divinal Eumeo a cerrar la puerta y averigua si quien hace tales cosas es una mujer o Melantio, el hijo de Dolio, como yo presumo.
El miedo es natural: es un sentimiento causado por la percepción subjetiva de algo que puede causar daño. Gracias a Dios que lo sentimos: es un buen aviso de que algo puede pasar. Es bueno. Es útil. El valiente siente miedo igual, pero mide sus fuerzas y, bien pensado, ataca el obstáculo hasta acabar con él, o huye para evitar males peores. Y a eso le llamamos fortaleza: atacar el peligro y no sucumbir hasta vencerlo, y permanecer luego en el bien conseguido.
Lo que le ocurre aquí a Odiseo es una más de las pruebas por las que ha de pasar el hombre en su vida. Atenea, transformada en figura de Méntor, viene al rescate... parcialmente. Odiseo tendrá que echar el resto. Atenea —a la que ya ha reconocido Odiseo, y no los pretendientes— no va hacerle el trabajo esta vez. Solo quiere probarle:
Acrecentósele a Atenea el enojo que sentía en su corazón y abochornó a Odiseo con airadas voces:—Ya no hay en ti, Odiseo, aquel vigor ni aquella fortaleza con que durante nueve años luchaste continuamente contra los teucros por Helena, la de níveos brazos, hija de nobles padres; y diste muerte a muchos varones en la terrible pelea; y por tu consejo fue tomada la ciudad de Príamo, la de anchas calles. ¿Cómo, pues, llegado a tu casa y a tus posesiones, no te atreves a ser esforzado contra los pretendientes? Mas, ea, ven acá, amigo, colócate junto a mí, contempla mi obra y sabrás cómo Méntor Alcímida se porta con tus enemigos para devolverte los favores que le hiciste.Dijo; mas no le dio cabalmente la indecisa victoria, porque deseaba probar la fuerza y el valor de Odiseo y de su hijo glorioso. Y, tomando el aspecto de una golondrina, cogió el vuelo y fue a posarse en una de las vigas de la espléndida sala.
¡Qué gran lección educativa de la diosa Atenea! La libertad deber ser puesta en práctica para definirse como buena o mala. El hombre debe probar sus fuerzas para coger confianza. Patos, al agua; y hombres, a actuar. En efecto, Odiseo vuelve en sí y, arengados los suyos convenientemente, van matándolos uno a uno.
En tercer lugar, queríamos comentar un aspecto relevante en el pensamiento ético de todos los tiempos: la cooperación al mal en sus diversas formas. Odiseo ha vuelto a su hogar y quiere vengarse y matar a todos los que han obrado en su contra. Se dan aquí varias posturas. Alguno logra escapar de la muerte antes del concurso del arco. Eurímaco pide la salvación para todos, después de ver morir a Antínoo. De nada le sirve. Llega entonces el turno de Leodes, arúspice o sacerdote de toda aquella marabunta de pretendientes. Su petición de perdón se basa, precisamente, en que él, aun estando allí, no había cooperado al mal en absoluto:
—Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Odiseo: respétame y apiádate de mi. Yo te aseguro que a las mujeres del palacio ninguna bellaquería les dije ni les hice jamás; antes bien, contenía a los pretendientes que de tal suerte se portaban. Mas no me obedecieron en términos que sus manos se abstuviesen de las malas obras; y por eso se han atraído con sus iniquidades una deplorable muerte. Y yo, que era su arúspice y ninguna maldad cometí, yaceré con ellos; pues ningún agradecimiento se siente hacia los bienhechores.Mirándole con torva faz, exclamó el ingenioso Odiseo:—Si te jactas de haber sido su arúspice, debiste de rogar muchas veces en el palacio que se alejara el dulce instante de mi regreso, y se fuera mi esposa contigo, y te diese hijos; por tanto, no escaparás tampoco de la cruel muerte.Diciendo así, tomó con la robusta mano la espada que Agelao, al morir, arrojó al suelo, y le dio tal golpe en medio de la cerviz, que la cabeza rodó por el polvo mientras Leodes hablaba todavía.
Es decir, que Odiseo descubre que algo malo sí hizo, por lo cual había de pagar.
Los siguientes protagonistas, que dan más materia para explicar la cooperación al mal, son el aedo o cantante, Femio Terpíada, y el heraldo o mensajero, Medonte.
Homero pinta a las mil maravillas las posibilidades que barajaba el aedo en su conciencia, lleno de miedo: intentar escapar o pedir perdón. Al final, se decanta por la segunda, sabedor de que él no había cometido ninguna maldad:
—Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Odiseo: respétame y apiádate de mí. A ti mismo te pesará más adelante haber quitado la vida a un aedo como yo, que canto a los dioses y a los hombres. Yo de mío me he enseñado, que un dios me inspiró en la mente canciones de toda especie y soy capaz de entonarlas en tu presencia como si fueses una deidad: no quieras, pues degollarme. Telémaco, tu caro hijo te podrá decir que no entraba yo en esta casa de propio impulso, ni obligado por la penuria, a cantar después de los festines de los pretendientes; sino que éstos, que eran muchos y me aventajaban en poder forzábanme a que viniera.Así habló; y, al oírlo el vigoroso y divinal Telémaco, dijo a su padre, que estaba cerca:—Tente y no hieras con el bronce a ese inculpado. Y salvaremos asimismo al heraldo Medonte, que siempre me cuidaba en esta casa mientras fui niño; si ya no le han muerto Filetio o el porquerizo, ni se encontró contigo cuando arremetías por la sala.Así dijo; y oyólo el discreto Medonte, que se hallaba acurrucado debajo de una silla, tapándose con un cuero reciente de buey para evitar la negra Parca. Salió en seguida de debajo de la silla, apartó la piel de buey, y corriendo hacia Telémaco, le abrazó las rodillas y comenzó a suplicarle con estas aladas palabras:—¡Oh, amigo! Ese soy yo. Detente y di a tu padre que no me cause daño con el agudo bronce, braveando con su fuerza, irritado como está contra los pretendientes que agotaban sus bienes en el palacio, y a ti, los muy necios, no te honraban en lo mas mínimo.Díjole sonriendo el ingenioso Odiseo:—Tranquilízate, ya que éste te libró y salvó para que conozca en tu ánimo y puedas decir a los demás cuánta ventaja llevan las buenas acciones a las malas. Pero salid de la habitación tú y el aedo tan afamado y tomad asiento en el patio, fuera de este lugar de matanza, mientras doy fin a lo que debo hacer en mi morada.
Estos dos, dicho de modo llano y claro, no habían hecho nada malo. ¿Podían haber huido? Por lo visto no, así que era necesario que estuvieran ahí, contemplando el mal, y teniendo algún papel, muy secundario, en todas las horribles acciones. Cooperación formal, se le llama clásicamente. Y a veces no es inmoral. Para quien quiera, añado un enlace a una explicación más detallada (en la web www.eticaepolitica.net) sobre los motivos que justifican este juicio. Para quien quiera un resumen, ahí van las tres condiciones que deben tener las acciones para no ser malas:
- La acción debe ser lícita por su objeto, es decir buena o indiferente. En este caso, lo que hacía el aedo era cantar, de modo necesario y obligado, como él mismo explica.
- El fin del agente debe ser honesto. Posiblemente, se den varios fines a la vez: alegrar el banquete de palacio —como el mismo Odiseo recuerda en ocasiones—, y conseguir dinero para su propio sustento, entre otros.
- El efecto bueno no debe ser consecuencia del malo. Se entiende que lo agradable del cantar del aedo no proviene de los robos y perversiones de los pretendientes.
Para concluir, queríamos citar el pasaje en que Homero narra el castigo ejemplar —y salvaje— que recibió por venganza Melantio, a quien cayó la peor de las suertes, por haber sido el peor:
Después sacaron a Melantio al vestíbulo y al patio; le cortaron con el cruel bronce las narices y las orejas, le arrancaron las partes verendas, para que los perros las despedazaran crudas; y amputáronle las manos y los pies con ánimo irritado.
Es llamativo que ante tamaña venganza, Odiseo no permite, a pesar de todo, que Euriclea se ría de los muertos y su final horrible. Los dioses lo han permitido así por sus acciones.
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