Lecciones del Mundial 2026 (IV): ¿Es el futbol democrático o elitismo meritocrático?

¡Qué bonito es el fútbol! 

Nos iguala y nos diferencia. A la vez, pero en diferentes sentidos, no vaya a venir Platón y Aristóteles a corregirnos con su principio de no contradicción. Sócrates, filósofo que luego tuvo la suerte de dar su nombre a un futbolista elegantísimo y que metía penalties de tacón, no enunció el principio de no contradicción, pero tal vez sea de los que mejor lo empleó para educar a aquellos con los que dialogaba.


Nos iguala, porque en el campo, todos tenemos el mismo objetivo, y porque cada uno tiene una misión importante dentro del equipo, y porque estamos todos bajo las mismas normas, y porque todo el mundo puede llegar ahí si tiene buen toque, aunque no sepa leer o no tenga un céntimo en su bolsillo. Por ejemplo: el jugador senegalés Sadio Mané. El máximo goleador histórico de los senegaleses. Brilló en el Liverpool FC y ganó la Premier League y la Champions League, y actualmente juega en el Al-Nassr. Lideró a Senegal en la conquista de su primera Copa Africana de Naciones. Todo un palmarés, que empieza con una sorprendente historia: Mané nació en una pequeña aldea senegalesa llamada Bambali, y salió de su casa sin el permiso de su familia para irse a Dakar, a la academia Génération Foot, antes de dar el salto europeo al FC Metz en 2011, con 19 años.

Pero tiene algo —o mucho— de meritocracia elitista o élite meritocrática, porque no todos están de hecho igual de dotados genéticamente —piernas y pulmones y corazón—, o tienen a su alrededor a alguien que crea en sus posibilidades, ni todos han podido jugar horas y horas sin otra preocupación que divertirse y aprender, o no todos juegan con los mismos diez jugadores, ni en los mismos campos, ni con las mismas botas, ni tampoco conocen todos a los mismos contactos que puedan darles las mismas oportunidades. Y muchas otras circunstancias a favor y en contra de la democracia y del elitismo. 

Sí, el objetivo es el mismo para todos: "The goal is the goal", el gol es el objetivo. Marcar uno más que los otros, así se gana. Todo lo que hagas —y son muchas las cosas que se pueden hacer, incluyendo a la grada y sus habitantes, y a los diarios deportivos y demás partes del show— tiene ese objetivo. Pero, dato curioso, solo la selección Hungría con su equipo de oro —Puskás y Kocsis incluidos— anotó 27 en 5 partidos: en 1954. Es la cifra más alta de goles de un equipo en un torneo de la Copa Mundial de la FIFA. A pesar de ello, perdieron la final contra Alemania, a la que habían metido 8 en fases previas. 

Señalo todo esto porque —a nivel profesional: el Mundial— no parece que nos importe que sea así de elitista o meritocrático. Nos gusta así. No queremos que sea de otro modo. Es más, nos molesta cuando no es de ese modo. Buscamos que jueguen los mejores. Y nos desagrada que algunos no tan buenos se metan ahí por motivos extrafutbolísticos —un apellido, una influencia, etc.—. Nos chifla la meritocracia futbolística, porque es —paradójicamente— democrática: todo el mundo puede llegar a ser el mejor. Y para serlo, se necesita a los demás. 

Por eso mismo es tan importante que se siga jugando a fútbol así a todos los niveles. Y que se pueda decir a todos los chicos que el equipo está por encima de ti, porque tú eres parte del equipo y sumas. Y los demás te hacen mejor. Y tú a ellos.
Y por eso chutará el penalti el que no lo falla nunca, y tú, que fallas siempre, estarás de acuerdo y ¡con alegría!, porque sois un equipo. Y, a la vez, sabrás "pelearte" con él para que te deje uno cuando las cosas estén resueltas y no haya mucha presión si lo fallas. Porque en realidad sabes que él los tira mejor que tú.  Y tú le harás los pases de gol. O lo que sea que hagas, en tu rol de equipo. ¡En este sencillo ejemplo hay tanto de antropología o pedagogía que asusta!: la importancia impresionante de los roles, la de la inclusión social en un grupo, la de la mejora de unos con otros, la de la alegría y satisfacción por conseguir un objetivo arduo... Y, claro, lo mismo de bueno que de malo, si se sigue una mala praxis. El fútbol puede ser antieducativo en grado máximo. Podemos generar a un egoísta que no suelta la pelota porque cree que es buenísimo —y lo es, tal vez— pero que no se da cuenta de que necesita a los demás para jugar y meter los goles. O veremos la mala praxis del que no es capaz de animar a los que fallan porque no es consciente de que él falla también. Este deporte, como todos a su modo, es una escuela de valores. Ojalá lo aprovechemos.
 
Voy a aconsejar una serie que me pareció una joya: The english game. El fútbol como protagonista integrador, en una trama de historias de lo más humano. 
Y, ya que estamos, una de mis favoritas películas: The damned united, con la historia de uno de los antagonismos más sonados de este deporte, a la que se suma una amistad duradera con sus altibajos típicos. Maravillosa.


 





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