La educación imperfecta: fruto y éxito

El fruto y el éxito. Dos conceptos que, por mucho que se parezcan y estén relacionados, no compensa confundir. 
Sobre todo en el ámbito educativo, del tipo que sea, que muchas parcelas de la persona se pueden educar, y no todas del mismo modo. El carácter y la memoria, por ejemplo.

Nos conviene creer en y practicar la educación imperfecta. No pretende esto ser una excusa para evitar el esfuerzo o, peor aún, la falta de objetivos elevados. Nada más lejos. 
Me refiero al realismo, a la diferencia entre finalidades sublimes y la vida real. Entre el hombre esencial, y el hombre existencial, como dice F. J. Sheed. 
Nos hemos enfocado tanto en la perfección de la educación, obsesionados por el método tantas veces, que nos hemos dejado por el camino al educando: a la persona. 
Etienne Gilson, ese gran filósofo, lo dice muy bien en Pintura y realidad
“Me permito sugerir que el deseo de lograr una educación es uno de los obstáculos principales en el camino que a ella conduce. La idea de que la educación es un fin en sí misma representa el punto de vista de los educadores. Como su tarea consiste en proporcionarla, consideran todas las realidades espirituales como subordinadas al fin de su actividad educativa. Ésta es la razón de que haya tanta educación en las escuelas y tan poca en los alumnos. La educación no es un fin que haya que perseguir por sí mismo; es un producto derivado de la búsqueda desinteresada de todo aquello que merece ser anhelado y amado por sí mismo. Si un hombre busca la belleza para adquirir una educación, perderá tanto la belleza como la educación, pero si busca el goce de la belleza por sí misma, tendrá tanto la belleza como la educación. Busca primero la verdad y la belleza, y la educación se te dará por añadidura”
¿Por qué digo todo esto?
Porque le estaba dando vueltas a la diferencia entre "fruto" y "éxito". 
No puede pasar por alto a nadie que las dos conceptos son parecidos. No querría que alguien se quedara aferrado a las palabras concretas, así que vamos a explicar a qué nos referimos cuando las usamos. 

El éxito (del latín "ex-itus", salida, el hecho de que algo o alguien se vaya de algún sitio) puede entenderse perfectamente como la parte visible y materializada del resultado positivo de una acción. Muy abstracto puede sonar esto último, pero se entiende mejor si se lee por segunda vez. 
Y el fruto (de participio latino de "frui", disfrutar, o sea, algo así como "lo disfrutado, lo que se saca de algo") tiende a ser el resultado positivo de una acción. O negativo, sin duda, aunque tiende a ser entendido en positivo. Supongo que salta a la vista que la definición de fruto no es más que la segunda parte de la definición de éxito. 
A eso me refería: el éxito es lo visible, porque antes ha habido algo invisible, imperceptible. Nonnato todavía, pero real. Todavía no se puede apreciar lo que será esto, pero ya se está gestando. Esa es la idea. 

Pues bien, ahora ya podemos decirlo claro. ¡Qué horror cuando un educador (sea padre o profesor o entrenador o catequista o preceptor o director espiritual) confunde las dos cosas y se centra solamente en el éxito! ¡Qué error de perspectiva! ¡Qué falta —corregible, sin duda— de visión! ¡Qué torpeza en el método, en el objetivo!

Dicen que cuando uno conduce (coche, moto y lo que sea), tiene que mirar a corto, medio y largo plazo.  Más todavía cuando uno conduce a personas. Y cuando a uno mismo es a quien se conduce. 
El "lo quiero aquí y ahora" apresurado en que estamos sumidos no ayuda nada a despegarse del éxito, del fruto inmediato (que sería otra definición) no ayuda nada, sin duda. 
Por eso hay que parar de vez en cuando y recalibrar las acciones. Repensar los objetivos y los medios. 

Dicho en negativo, resulta más típico de la publicidad: un buen lema. "Si quieres resultados inmediatos, no te dediques a la educación". Muchas de las cosas para las que trabaja un profesor (o cualquier educador de los que he dicho antes) tendrán un éxito que jamás verá ese profesor. Darán fruto desde el principio, pero ¿quién lo verá? ¿Cuándo madurará mi hijo? ¿Cuándo entenderá que lo que le digo como padre es por él? ¿Cuándo lo hará propio? Chi lo sa.
Ese despegarse es, me parece, necesario. Sobre todo porque es una actitud realista: que corresponde con la realidad de la vida. 
Es, además, una de las posibles razones por las que se dice que los profesores tiene una profesión vocacional. (No me meteré en el berenjenal de decir que "vocacional" no implica trabajo y esfuerzo y frustaciones).

Para acabar, quiero explicar algo que me ha contado un amigo hace no mucho. Estaba el bueno de él revisando su Twitter –a quién seguía y quién tenía de seguidor— cuando vio que cierta chica había dado "like" a un comentario suyo. Previa visión veloz y no muy concienzuda de la descripción de su perfil, le dio a "seguir". Y siguió revisando algunas cosas más. Al cabo de poco, la chica en cuestión le mandó un mensaje preguntando qué tal estaba, y anunciando que la había pillado viendo una serie online. No recuerdo muy bien ahora si me dijo que en Netflix o HBO o lo que fuera. No importa demasiado. Mientras pensaba, de eso sí me acuerdo, en qué responder, o si responder, la chica le dijo que se aburría y le envió una foto de su trasero. Así, de sopetón. Añadió al instante una retórica pregunta: "no sé si me he pasado de atrevida...". Mi amigo, ni corto ni perezoso, le respondió que se equivocaba de persona, que estaba casado, y que no le interesaban ese tipo de interacciones virtuales, y le recomendó que intentara recapacitar sobre su actuación y cambiar. Acto seguido, bloqueó la conversación y borró el historial. "Que no soy de mármol", concluía mi amigo, sonriendo. Y a mí me pareció muy bien todo. 
A esto me refería con que el fruto es mayor que el éxito. No sé qué tal le sentó a aquella chica aquella reacción de mi amigo. Quizás no tuvo éxito, pero me atrevo a decir que sí dio fruto. Y doble: en mi amigo mismo, y en la chica en cuestión. Como mínimo, es un primer impacto: vete tú a saber si alguien le ha dicho alguna vez algo así de sencillo. Un simple "piensa en lo que haces, que no eres un pedazo de carne". Ojalá fuera un pistoletazo de salida de un cambio de vida. Si acaba siéndolo, habrá llegado el éxito. 


PS. Como profesor, tengo la inmensa suerte de haber visto muchas veces ya éxitos: ex alumnos que, pasado el tiempo, te hablan de profesores que tuvieron y que influyeron muy positivamente en ellos. Es una suerte.


Comentarios