El día del árbol


"En el año 1840 Suecia fue el primer país que celebró el Día del Árbol, para generar conciencia sobre la importancia de los recursos forestales y de los árboles. Estos héroes verdes —los árboles, por si no se entiende— contribuyen a disminuir la contaminación ambiental y climática generada por el hombre, protegen el suelo y son esenciales para lograr un desarrollo sostenible, siendo imprescindibles para la vida".
Hasta aquí, lo que dice internet, con un añadido que me ha parecido casi imprescindible.
Lo señalo porque, realmente, me interesaba hablar de otros aspectos. 


El primero: los árboles de verdad, ¡todos!, tienes raíces. Tienen esa particular parte que casi nunca se ve, y que es, sin embargo, tan imprescindible. Sin raíces, no hay árbol. Sin raíces sanas, tampoco: una ventolera, y el árbol se cae. Y con el árbol caído, sus frutos y su sombra quedan inutilizados para siempre. 

Quedan dichas ya, de paso, algunas de las cualidades de los árboles.
Muchísimo —y muy bien— se ha usado al árbol como término de alegorías muy luminosas. El árbol de la vida. El conocimiento como árbol. Y siempre habría que ir al párrafo anterior y sacar de él la información: de las raíces, el tronco, y luego las ramas y los frutos. Otro tanto se podría señalar de las hojas, caducas tantas veces y perennes otras.

La suma de metáforas —alegoría en toda regla— que más me gusta es la del hombre como árbol. 
Y, para gustos los colores, la del Evangelio es la óptima. Dos veces se dicen cosas al respecto, como mínimo. 

La primera, bastante obvia, pero que conviene recordar en nuestros días en que lo evidente ya no lo parece.

Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos (Mateo 7, 15-20)
En los árboles –y en cualquier cosa natural— es cosa simple. El asunto se complica cuando pensamos en la relación de las cosas naturales con el hombre, y en el hombre mismo. Porque, ¿es malo el lobo cuando caza a una gacela? ¿Es mala la araña que mata a un hombre? No parece, sino todo lo contrario.
Y, en referencia al hombre, es malo todo lo que parece malo? ¿Puede ser malo algo que parece bueno? ¿Es bueno algo que parece malo? Y así sucesivamente. Lo que está claro es que por los frutos se conoce al árbol... pero no es tan sencillo con el hombre. 

Usemos el clásico ejemplo. ¿Puedo dar limosna a alguien y ser malo el fruto? Depende de qué consideremos fruto: si es en mí o en al pedigüeño. Porque puedo darlo para engañar a alguien (cosa que me hará malo) y eso no le quita nada de utilidad al dinero que he entregado. Aquel pobre podrá usarlo sea como sea: será útil para mí. 

Hasta aquí la primera frase. 

Y la segunda es toda una metáfora en acción. En esta escena del Evangelio, Jesús está curando a un ciego. Le aplica algo de barro en los ojos y le pregunta:

«¿Ves algo?». Levantando los ojos dijo el hombre: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan». Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad. (Marcos 8, 22-26)
Los árboles no andan. 
Sería hombres, si lo hicieran. Es decir, comenzarían a ser seres con libertad, que mejoran (pueden mejorar o empeorar, en concreto), y no solo envejecen. Podemos "andar": tenemos capacidad de ir a sitios, a un bien que poseemos y no tenemos. La perfectibilidad o capacidad de perfeccionarse, nos viene de ese andar. Y el mismo andar exige un lugar a donde andar. 
Mucho es. 

Hasta aquí, los árboles y las lecciones que nos dan.

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