Releyendo La Odisea en 2025: Canto XXIII (la alegría, la intimidad de los matrimonios, los juicios y la constancia, el deleite de la conversación)


El canto XIII es muy emocionante: se narra el reencuentro de Ulises y Penélope después de 20 años de espera. Homero, maravilloso guionista, hace que Ulises envíe a la fiel y anciana Euriclea a dar la noticia de su llegada. Penélope no la cree, pero aun así baja. La situación es terrible: están en la misma habitación pero, con el ánimo confundido, no sabe si aquel es su marido. Penélope le pone a prueba preguntándole algo sobre su lecho matrimonial, que nadie más puede saber. Y, claro, lo sabe. Recuperada la confianza, la alegría es casi plena, porque Ulises le cuenta lo que le queda por cumplir de lo que el adivino Tiresias le había vaticinado. Al final del canto, Ulises parte con su hijo y sus hombres fieles. 

Como no podía ser de otra manera, el tema principal es la alegría, natural consecuencia del reencuentro de dos personas que se aman tanto. ¿Cómo sabemos que se aman así, tan profundamente? No solo porque lo digan bastantes veces, sino también por las obras, que hablan por sí solas: la fidelidad de Penélope ha llegado a ser proverbial —cultural: común— porque se lo merece. Ha sabido esperar. Ulises y Penélope, y también Telémaco, están juntos otra vez. El amor busca la unidad, en todas las modalidades de lo personal: lo corporal y lo inmaterial, sea intelectual o pasional-sentimental. Y, cuando lo obtiene, surge la alegría, que también tiene diferentes manifestaciones: físicas y espirituales. Veamos, nada más comenzar el canto, la reacción de Euriclea cuando recibe la orden de avisar a la dueña de la casa de que ha llegado su amor:
Muy alegre se encaminó la vieja a la estancia superior para decirle a su señora que tenía dentro de la casa al amado esposo. Apenas llegó, moviendo firmemente las rodillas y dando saltos con sus pies, inclinóse sobre la cabeza de Penelopea y le dijo estas palabras (...)
Ahí se ve, clarísimo, que Euriclea está alegre, muy alegre. Analicemos su alegría intentado no perder frescura. Una vez más, podemos acudir a la etimología de las palabras, que esconde tesoros. La de "alegre" es muy interesante. Proviene del latín clásico alăcer, alacris, y significa "rápido", "vivaz", "animado" o "lleno de vida". No andan descaminados los publicistas de aquella famosa bebida energética cuando recuerdan que el amor te da alas. La anciana Euriclea, diezmada en sus fuerzas, rejuvenece y se anima y se llena de vida porque está alegre, porque ama, porque desea la unión de los que han estado injustamente separados contra su voluntad. Como no se cansa quien ama, tampoco se cansa uno de leer ese pequeño fragmento. Pero debemos avanzar, porque no es menos evidente la alegría total, personal, de Penélope —insistimos: tanto física como psíquica—, al empezar a creer a su sierva:

Alegróse Penelopea y, saltando de la cama, abrazó a la vieja, dejó que cayeran lágrimas de sus ojos, y profirió estas aladas palabras.

Son reacciones típicas del amor alegre, de la alegría amorosa: salta, a pesar de estar amodorrada por el sueño, como ella misma confiesa; da un efusivo abrazo; llora, que te de alegría también se puede llorar, como sabe todo ser humano maduro; y pronuncia "aladas palabras", palabras atrevidas, que a atreverse lleva el amor. Qué maestro de humanidad, Homero.
Como si no fueran evidentes, Euriclea explica los motivos de su alegría, que hemos expuesto. Veamos las belleza con que los expone:
Sígueme, pues, a fin de que ambos llenéis vuestro corazón de contento, ya que padecisteis tantos males. Por fin se cumplió aquel gran deseo. Odiseo tornó vivo a su hogar, hallándoos a ti y a tu hijo; y a los pretendientes que lo ultrajaban, los ha castigado en su mismo palacio.
Se produce, entonces, una situación inesperada para el lector, acostumbrado a las películas del s.XXI.  Homero tiene otros planes en la cabeza, y retrasa de modo magistral la reacción triunfal que espera todo el mundo: Penélope no acaba de creer que Ulises sea Ulises, que aquel vejestorio harapiento sea su escultural y perfecto marido. Y se sienta dándole la espalda. Así dice al principio Penélope:
—¡Hijo mío! Estupefacto está mi ánimo en el pecho, y no podría decirle ni una sola palabra, ni hacerle preguntas, ni mirarlo de frente.
¿Por qué? Porque —Homero lo sabe— el corazón del hombre es lento. No podemos engañar a lector: esa expresión se la hemos robado a un maestro, porque esta reacción la hemos visto en un libro muy diferente: en un libro poemario sobre la pasión de Jesucristo, el Libro de la pasión, de Jose Miguel Ibáñez Langlois. Aunque sea algo largo, no nos resistimos a añadir un fragmento, con dos avisos. Se trata de un poema futurista, sin puntos ni comas ni apenas cambios de verso. En cuanto al contexto, nos hallamos en el momento en que Jesús, ya resucitado, se aparece a sus discípulos. Al verle, no pueden creer que sea él, de pura alegría:
Es el mismo y no es el mismo de días atrás aparece y desaparece en el aire como se le antoja su organismo se comporta como un relámpago atraviesa por las paredes como si tal cosa posee todas las propiedades del pensamiento parece un caminante un bosque o el viento sobre las playas y de pronto los ojos la voz de siempre puede regular su gloria hasta aniquilar a un ángel o hacerla tolerable a los ojos de un pescador en qué apuros se ve la inmensa para que le crean cuando dice yo soy el carpintero recientemente crucificado estos pobres pescadores no experimentan totalmente un gozo 
aun el gozo necesita un tiempo para viajar hasta el corazón el problema del infinito es un problema de aclimatación estos pobres creen habérselas con un espíritu lo cual para la resurrección de la carne sería el fracaso más
/absoluto
Increíble coincidencia. Aunque, con algo más de perspectiva, no resulta tan sorprendente: los genios artistas saben expresar muy bien las verdades profundas. Queda demostrado una vez más.
Penélope no ha acabado de hablar, y con el comentario de sus palabras introduciremos el segundo tema que queremos comentar: la intimidad de los matrimonios.
—Pero, si verdaderamente es Odiseo que vuelve a su casa, ya nos reconoceremos mejor; pues hay señas para nosotros que los demás ignoran. 
Así se expresó. Sonrióse el paciente divino Odiseo, y en seguida dirigió a Telémaco estas aladas palabras:
—¡Telémaco! Deja a tu madre que me pruebe dentro del palacio; pues quizás de este modo me reconozca más fácilmente
La respuesta de Ulises es interesante. Por un detallito: Homero tiene todo el cuidado en no hacer decir a Ulises "mi mujer", sino "tu madre", como muestra de cariñoso respeto a las dudas de Penélope. Y, sobre todo, por un motivo grande: dentro de nuestro hogar hay algunas cosas que solo mi mujer y yo sabemos. Porque nuestro hogar, con sus múltiples capas incluidas, es nuestro, y lo mostramos a quien queremos. No pondremos, por ejemplo, una foto familiar en el recibidor, para que lo veo cualquiera que entre a repartir un paquete. 
Sigamos. Penélope, que tampoco se queda corta en prudencia, parece aceptar la sugerencia de Ulises y entran a palacio, donde le dará
Mientras tanto los criados bailan y montan jarana, por sugerencia de Ulises, que pretende engañar a quienes desde fuera les oigan, no sea que entren en el palacio y vean la carnicería que allí ha tenido lugar. El ardid funciona, y los que por ahí pasan, se dedican a juzgar:
—Ya debe haberse casado alguno con la reina que se vio tan solicitada. ¡Infeliz! No tuvo constancia para guardar la gran casa de su primer esposo hasta la vuelta del mismo.  
Así hablaban, por ignorar lo que dentro había pasado
En efecto, lo ignoraban, porque Penélope —"su dulce y honesta esposa", como se la describe en este mismo canto—, sí había sido constante y fiel. Por eso es mejor no juzgar a no ser que se tenga la necesidad, y siempre salvando las intenciones, que no podemos conocer.

A pesar de que ya hemos hablado sobre la alegría, hemos dejado para ahora este breve fragmento sobre por respetar el orden en que aparecen. Es emocionante y maravilloso. Penélope ha escuchado la respuesta de Ulises sobre un punto de intimidad familiar que solo él podía conocer. Ahora ya sabe que aquel es su marido. La reacción es inmediata:
Al punto corrió a su encuentro, derramando lágrimas; echóle los brazos alrededor del cuello, le besó en la cabeza y le dijo:
—Ahora, como acabas de referirme las señales evidentes de nuestra cama, que no vio mortal alguno sino solos tú y yo, y una esclava, Atoris, que me había dado mi padre al venirme acá y custodiaba la puerta de nuestra sólida estancia, has logrado dar el convencimiento a mi ánimo, con tenerlo yo tan obstinado.
Las relaciones sexuales no son la única manera de mostrar el amor entre los esposos pero son, naturalmente, las más obvias y deleitables. Veamos, para acabar estos comentarios, la rica y delicada manera de expresarlo de La Odisea:  
Después que los esposos hubieron disfrutado del deseable amor, entregáronse al deleite de la conversación. La divina entre las mujeres refirió cuánto había sufrido en el palacio al contemplar la multitud de los funestos pretendientes, que por su causa degollaban muchos bueyes y pingües ovejas, en tanto que se concluía el copioso vino de las tinajas. Odiseo, del linaje de Zeus, contó a su vez cuántos males había inferido a otros hombres y cuántas penas había arrostrado en sus propios infortunios. Y ella se holgaba de oírlo y el sueño no le cayó en los ojos hasta que se acabó el relato. 

Hablaron antes, y después, porque marido y mujer deben ser, primero que nada, amigos: personas que comparten aficiones y tiempo y preocupaciones. El amor erótico, diferente de la amistad, no tendría que ser incompatible con ella. Y por eso, es muy aconsejable que los cónyuges —ese hombre y esas mujer que carga con el mismo yugo— hablen mucho y de todo, con todo el cariño que se pueda, pero sin evitar temas, por espinosos que sean. La conversación es placentera, porque el ser humano habla por naturaleza: necesitamos comunicarnos. El matrimonio que pretenda hacer una sola carne de dos personas y no sea experto en comunicación, está destinado a romperse. El sexo no cura las heridas de la falta de entendimiento, porque, en el fondo, no es más —¡ni menos!— que una forma corporal de entendimiento, de comunicación personal, y no solo física.

 

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