Sidny Lopes Cabral. Un jugador que le metió a Argentina de Messi el que tal vez sea el mejor gol del Mundial 2026. O del año. ¿Qué hace cuando mete ese gol? Salir disparado hacia la mujer de su vida. No está casado con ella, todavía. El vídeo que he puesto muestra una frase que resume lo que quería decir: "este hombre de Cabo Cerde le metió un gol a Argentina y lo único que pensó fue en salir corriendo a abrazar a su esposa"
Rápido y al pie: el amor mueve. Un tópico, sí. Y, a la vez, una gran verdad muy explicada por los literatos y filósofos más inteligentes. Dante, a su manera, en La divina comedia:
"el Amor que mueve al Sol y las demás estrellas".
La causa final, que mueve sin ser movida, como el amor, según santo Tomás de Aquino.
Volvamos al ejemplo del deportista, para entenderlo después: imaginémonos en la mente de ese tremendo goleador en el día anterior al partido:
Volvamos al ejemplo del deportista, para entenderlo después: imaginémonos en la mente de ese tremendo goleador en el día anterior al partido:
—Cariño, estoy nervioso: mañana jugamos contra Argentina.
—Lo harás genial, Sidny. Mételes un buen gol.
—Lo harás genial, Sidny. Mételes un buen gol.
—Si lo logro, te lo dedico.
¿En qué estaría pensando el amigo cuando lo metió? No lo sé: en poner bien el pie, en el hueco que había si metía la rosca correcta. No sé. Pero justo después, sí: lo sabe todo el mundo. Se subió a la grada a besar a su novia, después de sacarse de encima a sus compañeros de modo casi maleducado.
¿Qué es dedicar un gol? ¿Qué quiere decir que "he metido este gol para ti"? Esto se lo ha preguntado un servidor de ustedes a muchos alumnos suyos a lo largo de los años. Porque es algo que muchos deportistas hacen. Y aquí, la respuesta a la que hemos llegado: dedicar un gol es tener el amor como motor antes de meterlo, y el reconocimiento de que así ha sido, después de meterlo. Es pensar en tu motor, en quien te mueve, mientras estás empeñado en algo que te cuesta y te aporta a la vez. Y es reconocérselo con alegría cuando eso se ha acabado de forma satisfactoria. ¿No es una absoluta tontería ineficaz desde el punto de vista de la utilidad? ¿Acaso se llevó la novia de Sidny el balón con que metió el gol? No se trata de algo físico, ya lo hemos explicado.
Antes de avanzar, algo obvio: dedico un gol a quien sé que me ama. Pero —¡algo no tan obvio!— puedo dedicarlo también a alguien a quien ni siquiera conozco: ¡qué gran amor en el pecho de quien así hace! Un médico que investiga una vacuna para salvar muchas vidas, etc. Es otro tipo de vida, sin duda.
Avancemos ahora: saltemos al infinito por pasos.
Paso uno: ¿puedo trabajar por cariño a los demás, por amor a los demás, por servirles? Sí. Puedo pensar, antes de empezar, y mientras trabajo, en aquellos para quienes hago lo que hago. Y corregirme si lo estaba haciendo mal; y hacerlo más fácil y útil. Me viene a la cabeza este punto de Surco, libro de san Josemaría:
Profesor: que te ilusione hacer comprender a los alumnos, en poco tiempo, lo que a ti te ha costado horas de estudio llegar a ver claro.
Y puedo, al acabar, alegrarme en lo que ha salido bien. Y ofrecérselo con sencillez a los demás, para su disfrute y nuestra alegría conjunta, que es mayor que la individual.
Puedo también, ¡atención!, ofrecerlo en secreto, sin buscar la gloria humana. El ejemplo tremendo que recuerdo ahora mismo, el de Gino Bartali. Qué gran ciclista, que usó el éxito en su profesión para salvar vidas. Eso nos lleva al siguiente nivel, porque Bartali era creyente, y tenía el motor por antonomasia.
Puedo también, ¡atención!, ofrecerlo en secreto, sin buscar la gloria humana. El ejemplo tremendo que recuerdo ahora mismo, el de Gino Bartali. Qué gran ciclista, que usó el éxito en su profesión para salvar vidas. Eso nos lleva al siguiente nivel, porque Bartali era creyente, y tenía el motor por antonomasia.
Paso dos. ¿Puedo ofrecer a Dios mis cosas? Ya se ve que sí. Mucho deportista lo hace. Y mucho fontanero. Y mucho banquero. Y mucho profesor. ¿No podríamos todos?
Para guinda en un campo más elevado, me remito a lo que ya escribimos aquí sobre Narciso Yepes, que tocaba para Dios, donde él mismo explica cómo lo hacía, por si no estaba claro ya en la mente de cada uno.
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