La muerte y las bromas (A.J. Cronin y "Las llaves del reino")

Ya no aguanto más. Todavía no he acabado "Las llaves del reino", esa obra maestra de Cronin, pero me he decidido por escribir sobre él. Supongo que con esto basta para dejar claro lo que me ha gustado.  (Por cierto que se llevo a las pantallas, con Gregory Peck de protagonista. Aquí, la película). 

Digamos que la historia tiene todas las características de un clásico: además de estar escrita con gran maestría en recursos narrativos y amplio vocabulario, es humana hasta los límites. Los clásicos siempre retratan así más fácilmente a hombres de una pieza, con muchos matices y mucho carácter. 
Además, la historia es hasta sobrehumana, debido al trato que concede a la fe: la historia trata sobre la vida de un sacerdote... sacerdote. Se ve que Cronin conocía bien el material de primera mano. Que era un católico, vamos. Y que sabía lo complicado que es eso: habla de los pliegues más ocultos del alma. De esa vanidad, de esa soberbia espiritual, de esa lucha por no creerse mejor que nadie, de la dificultad que tiene darse a los demás sin pensar en uno, de la lucha que es necesaria para controlar el mal carácter y ser dulce con quienes no lo son, etc. Una maravilla. 

Pero quería centrarme en tres frases, separadas apenas cinco líneas. 
El contexo: en un momento dado, el padre Chisholm, sacerdote ejemplar por muy humano y muy sobrenatural, toma su diario y echa la vista atrás. Ahí lee cómo atendió los últimos de una monja, una estrecha colaboradora suya, abnegada como pocos. (La muerte, ese tema. La muerte, ese momento que a todos llegará. Singularmente. Solos, por más que podamos estar acompañados). Y lee el buen padre unas frases que describen como, en la próximidad del deceso, la conversación se volvió casi torpe, "casi insulsa", dice. Y que por ese motivo no se atreve a transcribirlas, por el simple miedo de que, quien no las ha vivido en su carne, pueda tomárselas a risa y hacer burla de ellas. En ese momento, A. J. Cronin, como uno de los grandes, se eleva de la anécdota al pensamiento fuerte: eso le hace clásico. Sin coger apenas carrerilla, escribe: 
Y el mundo -¡ay!- no mejora con las burlas.
Hala. Ahí está ese bofetón a nuestro amado siglo XXI. Nos sobran. Por todas partes. Y nos falta construir. Qué fácil nos resulta decir una tontería para evitar el dolor, o un problema.

La otra frase a la que quería hacer referencia es otra obra maestra, por su profundidad, escondida en una aparente sencillez. Lea usted, amable lector: 
Ver un semblante apagarse en paz, afrontar serenamente la muerte, sin temor alguno… ennoblece el corazón. 
Un gran verdad. Y por eso, opino, es un gran error, ocultar la muerte de los seres queridos.

Punto y aparte. ¿Y de qué tema habla Cronin, siguiendo con el recurso de que el sacerdote protagonista lea su diario? Del nacimiento de un nuevo chico de un amigo colaborador suyo. Vida y muerte. Tocándose. Como en la realidad más real que vivimos todos. (Acabo de cogar el teléfono: un amigo mío que se casa. Y hemos hablado sobre un funeral del padres de un amigo). La vida es así: todas sus fases son importantes, porque son reales. Y no hay que esconderlas, sino incorporarlas a la vida misma. 
Los grandes clásicos -y Cronin bien puede ser considerado uno de ellos- nos ayudan a hacerlo con acierto. 

Recomiendo, por si fuera necesario, leer no solo este libro sino "La ciudadela", otro libro estelar del mismo autor. 





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