El COVID y ¿las falsas dicotomías?

Como ya hace un tiempo que no se escribe nada nuevo en esta web, vamos a dejarnos de nimiedades. 
He pasado un rato por Twitter para comprobar que, en efecto, el tema escogido está en el candelero. Y de qué modo. 
Ayer se acabó en España la obligatoriedad del toque de queda. Y hay quien quedó para hacer un toque. Y hay quien se dio más de un toque y quedó que no sabía ya cómo tenerse en pie. Y mucha calle quedó torpemente asquerosa. España, resumen algunos, se convirtió en un macrobotellón. No sé yo. 

Algunos tweets son tremendistas. No voy a citar, lo siento: no quiero buscarlos pero no hace falta mucho tiempo para encontrarlos: hay muchos. La idea es esta: "qué irresponsabilidad de todo el que salió". 
Luego están los otros, que se arman de ironía muchas veces, gran aliada, sin duda. Señalan cosas de este porte: "algunos pensaban que los jóvenes iban a celebrar el fin del toque de queda viendo un documental". 

No sé si es la primera lección que uno aprende al hacerse adolescente, pero sí sé que los buenos educadores conocen el truco. La falsa dicotomía, ese arma arrojadiza de los dictadores, por encubiertos que sean. Esa falacia, ese modo engañoso de discurrir, esa mentirosa manera de razonar. Esa lacra, en fin, de nuestra sociedad española. (Lacra que puede corregirse y cambiarse, por cierto. Y a eso vamos en esta web, por ejemplo. Optimismo moderado, ¿eh? Hay que aportar)
¿Qué narices es una falsa dicotomía? Es la presentación de los hechos de tal modo que se explique como la división entre dos únicas posturas absolutamente opuestas cuando, de hecho, existe una tercera opción, si no más. 
Todo quinceañero ha puesto a sus profesores y padres en un aprieto al usarla al llegar tarde a casa y preguntar, con cara de queja, a su padre: "¿Qué prefieres, que llegue borracho?". Ahí está, bien servida: o llego tarde o borracho. No hay más opción. ¿Cómo se te va a ocurrir llegar a la hora, como, por cierto, te pedía? 
O cuando uno debe entregar algo en una hoja en blanco y lo entrega en hoja a cuadros con un insensato alegato en sus labios: "¿prefiere que no se lo entregue?". En efecto, mejor eso. Pero mejor aún lo que te pido, estudiantillo principiante. 

En el fondo, se trata de no reconocer nunca un error. Lo cual es, valga la redundancia, un error, siempre que se cometa. Y cosa en la que suelen caer los inmaduros, los flojos (todos, tantas veces) y los dictadores, por sibilinos y no directamente así conocidos que sean.

Lo mismo, por cierto, que sucede en los tweets. 
Gracias a Dios, también existen todavía mentes despiertas y maduras que saben comprender que los tweets anteriores son una preciosa falsa dicotomía: que se da una tercera posibilidad. Que uno puede salir de casa hasta algo más tarde sin coger una cogorza descomunal. Y que uno puede también decidir no salir por necesidad imperiosa, o con la postura (postureo, diría mejor) de quien sabe que no va a haber mañana. 
Que uno puede, en fin, ser equilibrado en todo momento: en el cansancio, en el descanso. 
Y reconocer lo que está mal sin arquear mucho las cejas. Y lo que está bien. 
Que la realidad va por delante, vamos. 

Seguro que el amable lector sabe detectar a partir de ahora con más facilidad esas malditas falsas dicotomías. Hay miles, y mucha pereza mental hay en ellas. O intención de engaño... uy. 
(O la lío o me aburro; lo que no mata engorda; lo que me divierte es pecado; o estudio o salgo; o nos acostamos o no me quieres; si no lo sé no existe... Y así).

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