Releyendo La Odisea en 2025: Canto XXIV (La otra vida. El sorprendente elogio final de Penélope. El encuentro con los padres ancianos. Un truco de los que saben del amor matrimonial. El perdón en las guerras civiles)
Hemos llegado al último canto de La Odisea. Los pretendientes de Penélope, muertos uno tras otro a manos de Ulises y compañía, entran en el Hades, donde explican su trágico final a Aquiles y Agamenón. Estos dos héroes elogian de nuevo a Penélope, la fiel mujer de Ulises. En el mundo de los vivos, Ulises se reencuentra, embargado de una lógica emoción, con su padre. Para cerrar el grandísimo relato, aparece la paz, impuesta por los dioses Zeus y Atenea a los padres de los pretendientes, que seguían buscando vengar a sus hijos muertos, cosa que habría dado comienzo a un ciclo de violencia sin fin.
El cilenio Hermes llamaba las almas de los pretendientes, teniendo en su mano la hermosa áurea vara con la cual adormece los ojos de cuantos quiere o despierta a los que duermen.
presentóseles el mensajero Argifontes guiando las almas de los pretendientes a quienes Odiseo había quitado la vida. Ambos, al punto que los vieron, fuéronse muy admirados a su encuentro.
—¡Feliz hijo de Laertes! ¡Odiseo, fecundo en ardides! Tú acertaste a poseer una esposa virtuosísima. Como la intachable Penelopea, hija de Icario, ha tenido tan excelentes sentimientos y ha guardado tan buena memoria de Odiseo, el varón con quien se casó virgen, jamás se perderá la gloriosa fama de su virtud y los inmortales inspirarán a los hombres de la tierra graciosos cantos en loor de la discreta Penelopea. No se portó así la hija de Tindáreo, que maquinando inicuas acciones, dio muerte al marido con quien se había casado virgen; por lo cual ha de ser objeto de odiosos cantos, y ya acarreó triste fama a las débiles mujeres, sin exceptuar las que son virtuosas.
Las dos mujeres a las que se refiere tienen una cosa en común: se apostilla de una y la otra que "se casó virgen". Detalle más que llamativo en nuestro siglo, en que se da un declive tanto de las alianzas matrimoniales como del valor de la virginidad prematrimonial. No pasa oculto a nadie que los griegos no tenían una visión cristiana de la sexualidad y el matrimonio. Pero no deja de sorprender que señale esas notas como propias de la fidelidad de Penélope desde su juventud. En cuanto a la segunda mujer, "la hija de Tindáreo", queda meridianamente claro que no puede ser elogiada: "dio muerte al marido con quien se había casado virgen". Un tipo de asesinato que, en honor a la verdad hay que explicitarlo, cuya existencia se niega de lleno hoy día. Quizás sea una útil lección de La Odisea recordar —y lamentar— que de todo hay en la viña del Señor.
Avancemos hacia el tercer tema: el encuentro —y trato— con el padre anciano. Ulises, rico en ardides, ha planeado no darse a conocer de buenas a primeras, sino averiguar si su padre será capaz de reconocerle. Recordemos que Ulises, estratega y capitán de guerreros, quizás partió a la guerra más cerca de los cuarenta que de los veiente. Eso le convierte en un cincuentón recién estrenado o tal vez ya un sesentón bien mantenido, que además llevaba veinte años sin ver a su padre, Laertes. ¿Qué edad tendría el padre de nuestro héroe? Cerca de ochenta o poco más. Con esto en mente, y el recuerdo de lo que su mujer —la madre de Ulises— le había dicho de él en el canto X, veamos la descripción que nos brinda Homero del momento:
Cuando el paciente divinal Odiseo le vio abrumado por la vejez y con tan grande dolor allí en su espíritu, se detuvo al pie de un alto peral y le saltaron las lágrimas. Después hallóse indeciso en su mente y en su corazón, no sabiendo si besar y abrazar a su padre, contárselo todo y explicarle cómo había llegado al patrio suelo; o interrogarle primeramente con el fin de hacer aquella prueba.
Al final, Ulises decide seguir con su plan y probar a su padre: se inventa un nombre para sí mismo y una historia que no le delate. Al acabar de hablar, Homero sirve un momento delicioso —verdadero clímax del canto que une cariño y verosimilitud— en bandeja de plata:
Tales fueron sus palabras; y negra nube de pesar envolvió a Laertes, que tomó ceniza con ambas manos y echóla sobre su cabeza cana, suspirando muy gravemente. Conmoviósele el corazón a Odiseo; sintió el héroe aguda picazón en la nariz al contemplar a su padre, y dando un salto, le besó y le dijo:
—Yo soy, oh padre, ése mismo por quien preguntas; que tornó en el vigésimo año a la patria tierra. Pero cesen tu llanto, tus sollozos y tus lágrimas. Y te diré, ya que el tiempo nos apremia, que he muerto a los pretendientes en nuestra casa, vengando así sus dolorosas injurias y sus malvadas acciones.
Así le dijo; y Laertes sintió desfallecer sus rodillas y su corazón reconociendo las señales que Odiseo iba describiendo con tal certidumbre. Echó los brazos sobre su hijo; y el paciente divinal Odiseo trajo hacia sí al anciano, que se hallaba sin aliento. Y cuando Laertes tornó a respirar y volvió en su acuerdo, respondió con estas palabras (...)
Lo podemos remarcar por última vez en estos comentarios. Las emociones son plenamente humanas. La Odisea muestra en múltiples ocasiones cómo los hombres también lloran cuando conviene. No están reñidas la fortaleza de carácter con los tiernos lloros emocionados. No pelean para hacer más hombre al hombre las lágrimas y el desfallecimiento de las rodillas. Es más que natural que los buenos padres se alegran con emoción honda, por duros que sean, de los bienes de los hijos. Por eso Laertes, hecho de dura roca —trabajador incansable a su edad avanzada— se emociona como conviene. Y lo mismo hace Ulises.
Avanzada la escena, entramos en el penúltimo comentario, a raíz de una sabia pregunta de Dolio, un siervo fiel de Ulises. Ese criado, que había estado ausente durante el emocionado reencuentro de padre e hijo, se alegra del mismo modo. Y, como buen siervo y ayudante, piensa de verdad en el bien de Ulises. Su pregunta es propia de un buen empleado. Y más que eso: de un buen hombre:
—¡Oh, amigo! Como quiera que has vuelto a nosotros, que anhelábamos tu venida aunque ya perdíamos la esperanza y los mismos dioses te han traído, salve, sé muy dichoso, y las deidades te concedan toda clase de venturas. Dime ahora la verdad de lo que te voy a preguntar, para que me entere: ¿la discreta Penelopea sabe ciertamente que has regresado, o convendrá enviarle un mensajero?
Es, como anunciábamos en el título de este capítulo, un truco sencillo y efectivo —natural— de los que saben algo del amor matrimonial: primero, ocúpate de tu cónyuge, de tu marido, de tu mujer. Luego ya vendrán los hijos y las posesiones y todo lo secundario. Llega Ulises a casa después de veinte años, y uno después de un viaje de fin de semana por trabajo. Primero, tu cónyuge. Me venía a la cabeza la famosa escena de Eva al desnudo en que el Bill no pregunta primero por Margo, sino que, sin mala fe de su parte, se distrae comentando su estancia en Hollywood con Eva, que ha urdido ya en su maquiavélica mente la desgracia para la pareja... ¡Qué película tan aconsejable para nuestros días! El amor —también el matrimonial, sin duda— está en los pequeños detalles: es artesanal.
Para acabar este breve comentario, queremos honrar la idea de Homero, que acabó el texto de La Odisea hablando de la paz entre los contendientes. Las palabras del mismo Zeus sobre cuál es su divina voluntad son claras:
hagamos que se olvide la matanza de los hijos y de los hermanos; ámense los unos a los otros, como anteriormente; y haya paz y riqueza en gran abundancia.
Acabemos, sin más comentarios, con las palabras finales de tan gran poema épico:
—¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! Tente y haz que termine esta lucha, este combate igualmente funesto para todos: no sea que el largovidente Zeus Cronida se enoje contigo.
Así habló Atenea; y Odiseo, muy alegre en su ánimo, cumplió la orden. Y luego hizo que juraran la paz entrambas partes la propia Palas Atenea, hija de Zeus que lleva la égida, que había tomado el aspecto y la voz de Méntor.
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